En esta segunda parte sobre la cuestión del relativismo, comparto con ustedes las palabras del presidente de Francia Nicolás Sarkozy, el cual no es santo de mi devoción, pero debo reconocer en su discurso de asunción el tono chocante, casi obsceno, propio de un político moderno. Quizás por lo políticamente incorrecto, es más esclarecedor a la hora de definir la forma que ha tomado el relativismo fundamentalmente en los sectores de la izquierda progresista.
Quiero remarcar, por eso hago incapié, que compartiendo estas palabras de Sarkozy no pretendo tomar partido políticamente. Este discurso es simplemente una descripción harto gráfica sobre la esencia relativista del progresismo europeo, esencia que también se manifiesta no sólo en otras fuerzas del espectro político-partidario, como la derecha, sino también en instituciones y centros de poder mundial.
En cuanto al tema en cuestión, quisiera realizar algunas observaciones personales.
En primer término el progresismo -entendiéndolo a éste como un conjunto de ideas que apuntan a ampliar las libertades individuales, asociadas con el pensamiento liberal-, si bien no ha ganado la batalla de la economía, ha ganado claramente la de la cultura. Casi podríamos decir que existe un status quo en el cual la derecha y la izquierda se ocupan de la economía y la cultura respectivamente y, ciertamente, conviven muy bien. Por ello, generalmente en el discurso considerado "políticamente correcto" predominan los postulados progresistas y relativistas, ponerse duro en el discurso hoy en día no es una buena estrategia para ser popular. Es así entonces como esta visión holista -que goza de gran difusión en los medios de comunicación- gana terreno en las consciencias y genera opiniones y conductas políticas y sociales bien definidas.
La visión del mundo del relativismo lleva a mi entender, por su naturaleza liberal, al desprestigio, el descrédito y la condena de ideas e instituciones que sostienen verdades o valores universales que creen fundamentales para el progreso de la humanidad y el bienestar el hombre. Es así entonces como se relativizan los conceptos de bien y de mal, y con ello el de -por ejemplo- buen o mal ciudadano, buen o mal padre o buen o mal amigo. Para el pensamiento relativista todo es lo mismo, y por ello todo se encuentra relativizado: un político puede volverse un empresario gracias a la política -y quizás, por qué no, corrupto-, pero no valen las condenas porque ¿de qué principio se valen los denunciantes, cuando lo correcto y lo incorrecto son cuestiones relativas?
Vale lo mismo para cumplir un trabajo determinado y puntual alguien que se ha profesionalizado a lo largo de la vida como un improvisado; los jóvenes desconocen (más allá de que sea legítima o no, pero no la consideran) la autoridad familiar dentro del hogar; la sociedad rechaza la autoridad de las fuerzas de seguridad porque consideran todo orden obstáculo a las libertades individuales, se pierde el respeto y por consiguiente el cuidado de lo público, desde los lugares históricos o conmemorativos hasta el transporte y los servicios, que sufren del vandalismo, y ningún orden puede aplicarse aquí, porque sería "antipopular", como lo es cuando nuestros padres nos mandaban a dormir sin cenar.
El orden, la moral y la ética no son valores populares ni reditúan beneficios de ninguna naturaleza en el corto plazo, por eso la política moderna apunta al goce inmediato que les significa popularidad. Por ello, ningún político se atreve a hacer juicios de valor, la filosofía política ha muerto. Ya nadie intenta descifrar qué es lo justo y qué es lo injusto, qué es lo bueno y qué es lo malo, como hacían los antiguos. En la visión imperante todo debe ser analizado acríticamente y ateniéndose a las cifras y estadísticas, el modelo de las ciencias naturales es el que rige el pensamiento político.
Es por todo esto que comparto estas palabras del discurso de asunción del mando de Nicolás Sarkozy, espero sean esclarecedoras.
"Hemos derrotado la frivolidad y la hipocresía de los “intelectuales progresistas''. Es el pensamiento de aquel que lo sabe todo, que condena la política, mientras la practica.
Nos habían impuesto el relativismo. La idea de que todo es igual, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo. Nos hicieron creer que la víctima cuenta menos que el delincuente. Que la autoridad estaba muerta, que las buenas maneras habían terminado.
Que no había nada sagrado, nada admirable. El eslogan desde mayo del 68 en las paredes de la Sorbona: “Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas”. Quisieron terminar con la escuela de excelencia y del civismo.
Asesinaron los escrúpulos y la ética. Una izquierda hipócrita que permitía indemnizaciones millonarias a los grandes directivos estatales y el triunfo del depredador sobre el emprendedor. Esa izquierda está en la política, en los medios de comunicación, en la economía. Le ha tomado el gusto al poder.
Dejaron sin poder a las fuerzas del orden y crearon una frase: “Se ha abierto una fosa entre la policía y la juventud”. Los vándalos son buenos y la Policía es mala. Como si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente, inocente.
Defienden los servicios públicos, pero jamás usan un transporte colectivo. Aman tanto la escuela pública, pero sus hijos estudian en colegios privados. Dicen adorar la periferia y jamás viven en ella. Firman peticiones cuando se expulsa a algún “ocupa”, pero que no aceptan que se instalen en su casa.
Esa izquierda que ha renunciado al mérito y al esfuerzo, que atiza el odio a la familia, a la sociedad y a la República. Esto no puede ser perpetuado en un país como Francia y por eso estoy aquí. No podemos inventar impuestos para estimular al que cobra del estado sin trabajar."
Nicolás Sarkozy.
Nicolás Sarkozy.

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